jueves, 10 de julio de 2008

Monaguillos

Los que vigilan desde el campanario son mozuelos de apenas doce años. Uno de ellos, Manolín, está deseando bajar a la sacristía, porque allí le espera su amiga. Con ella pasa largos ratos haciendo como que reza; pero sobre todo, contemplando su rostro.

La Virgen Niña es una imagen preciosa que parece de carne y hueso, y a la que Manolín le tiene un apego especial.

Muchas veces, estando con la “Niña”, se le va la Virgen al cielo; llegan los otros, se le plantan detrás y lo miran extrañados. Él ni se da cuenta. Es que, Manolín, habla con la imagen, le cuenta cosas y le susurra al oído sus inocentes secretos.
- Venga, “cagueta”, dale un beso de una vez- le soltó Pepín.
Como un rayo saltó de la tarima y se lanzó al pecho de Pepín. Como ocurría otras veces, la pelea se quedaba en unos empujones más o menos. Se tranquilizaron y, al cabo, no tardaron en marcharse. Todos menos Manolín.

Ahora, solo con su Niña, le latía el corazón a cien por mil; y la miraba con otros ojos. Y lo hizo, se subió de nuevo y la besó, pero en la boquita. Notó la frialdad de la escayola y una suavidad extraña que se le pegó a los labios. Sentir, lo que se dice sentir, no sintió nada. Bajó y echó a correr. Al girar a la izquierda, conforme se sale de la sacristía, un bulto negro le golpeó como un almohadón en el pecho y fue a dar con su trasero en las baldosas de la iglesia. Era el párroco, Don Ángel, un tipo enorme y bonachón que podía ser su abuelo.

Don Ángel se demudó y adivinó lo que acababa de pasar en cuanto vio una mancha roja de carmín en los labios del monaguillo, pero no dijo nada. Metió sus manos, como solía, en la sotana, palpó la barra de labios que siempre guardaba y la apretó con rabia.
- Levántate y márchate- le dijo.

Manolín se perdió en las sombras del templo y, por una rendija, desapareció.
Torpemente, Don Ángel, se subió a una silla y con un pañolito de algodón, bordado con su inicial, limpió, tembloroso, los labios de la imagen. Con un amago de caricia, se despidió de la “Niña”, su niña.

Y caminó cabizbajo por las sombras, y lloró. Su corazón era débil y apenas le cabía dentro. Tal era la rabia de tener un rival. Cerró la iglesia y se fue marchando poco a poco.
Muchas veces confesó y dio la comunión a Manolín, y siguió haciéndolo. Cada vez que se acercaba a él, su corazón perdía un latido, hasta que apenas le quedó un puñado.

En el mes corto que vivió, nunca reprochó nada al monaguillo, ni le sonsacó; tampoco le perdonó.
Pasados los años, un nuevo cura llegó al pueblo. Le llamaban Don Manuel. A todos impresionó el ardiente fervor que demostró siempre por la Virgen Niña. Fervor que también inculcó a sus monaguillos.


NOTA:
Este es un pequeño homenaje a aquellos chavales que, por aquellos tiempos de mi infancia, vivían una experiencia religiosa entre los inmensos muros de las iglesias.


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