miércoles, 9 de julio de 2008

Mi Land Rover


En una empinada calle del pueblo, al lado de la casa del abuelo, pasa los días un viejo "todo-terreno" construido allá por los setenta. A pesar de los años, ambos, abuelo y vehículo, y uno dentro del otro, se acercan muchos días del año a una finca de olivos que sus hijos mantienen desde que él dejó de hacerlo.

El abuelo no conduce, ni lo ha hecho nunca. Lo hace uno de los hijos. Pero en lo referente a las tareas del campo es él, con ochenta y siete años cumplidos, el que conduce a sus hijos.

La tarde que, por fin, cargaban los últimos sacos de aceitunas, al ir a arrancar, el viejo "lanrover" sufrió una inoportuna avería. Un traquido se escuchó en el motor y una blanca humareda surgió de debajo del capó. El abuelo se lamentó amargamente y, con un enorme cabreo, sólo se le ocurrió decir:

-Ha sido un infarto, pobrecito, es ya muy viejo.

El mecánico, días después, pudo traérselo a trancas y barrancas en tres cilindros, luego de haberle anulado el dañado. El diagnóstico fue concluyente: Obturación de inyectores.
Traducido al lenguaje médico, infarto por arterias obstruidas, como vaticinó el abuelo.

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