jueves, 10 de julio de 2008

Cédula "ratonista"

El día que mi madre nos comunicó, muy alterada, que había entrado un ratón en la casa, pues había recogido diminutas cagadas sobre el aparador, la tranquilidad que teníamos se tornó en pesadilla. A partir de ese día, todo cambió en casa. Mi hermano, que era un “dejao”, ya no tiraba la ropa de cualquier manera; la recogía y la guardaba en el armario. Ni que decir tiene que todos los armarios habían sido vaciados y vueltos a llenar no una, sino varias veces. Mi madre barría, fregaba y limpiaba el polvo con frenesí, incluso en horas intempestivas. Mi padre, que paraba menos en casa, cuando lo hacía, pasaba ratos de búsqueda y captura por los rincones. Pero, nada. El dichoso roedor no aparecía.

Por mi parte, también me preocupaba del intruso, pero menos. Hasta que un domingo por la tarde fui a buscar un dato a la enciclopedia de Andalucía. Los ocho tomos, pesados como losas, reposaban en la parte más baja de la estantería. Al ir a coger el octavo, una sombra fugaz se movió tras los libros. Efectivamente, al último tomo le había roído en un borde el tamaño comparable al peñón de Gibraltar en el territorio de Andalucía. Miraba estupefacto el atentado a la cultura que había cometido el susodicho, cuando la sombra se materializó y se lanzó a cruzar la habitación. No sé como, pero arrojé violentamente el libraco sobre el ratoncillo y allí acabaron sus días, muerto y sepultado por su propia víctima.

No miré debajo de la losa, pero sí comprobé los muchos damnificados en la catástrofe. Aún los guardo, heridos para siempre, en lo más alto de la estantería de mi casa.

1 comentario:

Esperanza dijo...

No sé si felicitarte o llorar por ti, es muy posible que hayas dado una cobarde muerte, al único ratón culto andaluz, capaz de dictar cátedra inclusive. Y tu valiente caballero, has utilizado una violencia implacable e intempestiva para destruir ese pequeñín ¡Sin vergüenza! (Risas)

Besos.