viernes, 2 de agosto de 2019

Mar de hierbas

Un mar de hierbas ondea bajo mis pies, mientras un tímido sol apenas acaricia sus olas. Una y otra vez voy surcando ese limitado espacio de olivos silenciosos, que hoy agitan enervados sus ramas por la insistencia del viento.
Los restos de la poda yacen inertes, resecándose lentamente.
Tanto ir y venir me ha agotado. Busco una "recacha", me descalzo y arremango el pantalón, muy mojado por la espesa hierba.
Han dejado las nubes un resquicio por donde se cuelan algunos rayos de sol, esa cálida caricia me adormila y por momentos caigo en un plácido sueño.

Me despiertan unas gotas, que me golpean el rostro. Está lloviendo finamente, pero bajo las ramas se hacen goteras mas gruesas. Una sensación de bienestar me embarga, me apetece algo muchas veces reprimido. Y este momento es el que esperaba. Me despojo de la camisa, de los pantalones y demás prendas. Y en mitad del campo, solitario paraíso, me entrego al goce de la lluvia. No estoy loco, pero a los ojos de cualquiera lo parecería. Pero no, nadie me ve.
Arrecia la lluvia, los caminos que surcan mi cuerpo semejan ríos que se desbordan irremediablemente. Mojado y exultante, grito palabras que me nacen en lo más hondo y primitivo de mi ser. Confundido con el mar de hierbas me revuelco al fin en ellas y recibo el beso extenso de la naturaleza que me reclama como hijo suyo.




martes, 16 de diciembre de 2014

Un paso adelante

Como me cuesta una barbaridad animarme a escribir, pues necesito de un impulso creativo, hoy me he obligado. Pero no, no hay manera. He pasado una hora delante de la pantalla y sólo consigo borrar una y otra vez lo escrito.
Pues bien, ese empujoncito vino de la cocina. La radio suena allí sola, unas notas de saxofón me despiertan del letargo. Suena "Un paso adelante" de The Madness y me dije, por aquí voy a empezar.



Es domingo y mis planes pasan por no salir de casa. Me acompaña mi padre, que tampoco tiene planes. Lo que más me apetece es no hacer nada, pero unos ejercicios esparcidos sobre la mesa  esperan que los corrija.
Tras el desayuno, un descanso. Con el aparato de hacer llamadas, pierdo el tiempo en juegos de palabras y en pasar la mirada por una larga lista de cuentas de Twiter; pero eso cansa, me da sueño y me permito dejar por unos minutos la tarea iniciada.
Suena el teléfono y retorno al mundo de los despiertos. Luego, mientras preparo una ensalada, escucho la radio. Como siempre, las noticias meten miedo.
Es buena hora para el baño, que mi padre espera. Metidos en faena, Frasquito ya está en la bañera, se apaga el calentador. Yo me desespero, le pongo una toalla y corro a reponer el agua caliente. Mientras enjabono su cuerpo recio como roble viejo, él no deja de reírse por lo bajito.

- ¿De qué te ríes, viejo? le digo con cierta sorna.
-Ahh!! Viejo,ehhhh!! Ya llegarás tú también. Y ojalá lo hagas por mucho tiempo.
-Sabes que estoy irritado por el mal rato que te hice pasar por culpa del maldito calentador, y tú no dejas de reírte de mí. Por eso te llamé viejo.
-Hombre, no me río de ti. Es que, cuando te irritas, lo pagas conmigo, y me estás frotando como si yo fuera un caballo. De eso me río.
-Pues dime eso, y yo voy con más cuidado.
-Perdóname, pero no me podía aguantar. Ya no me río más.

 Por fin salimos del cuarto de baño, duchado y afeitado Frasquito, pero echándome todavía en cara el minuto de parálisis de la ducha. Y eso que no puede verme la cara; pero, astuto como es, me la adivinó al instante, y no tardó en hacerme bromas para que se me pasara. Al menos sirvió para que se despabilara.
 Hasta aquí escribí hace ya más de un mes...

Vuelvo a necesitar otro impulso...A ver quién me lo da ahora.




domingo, 15 de diciembre de 2013

Blanco amanecer

En la pantalla del televisor, sobre un tapiz verde, juegan a la pelota. En la butaca dormita el abuelo nonagenario. Mientras tanto, con un golpeo suave de teclas, caminan letras, se abrazan ideas, avanza una posible historia.

El despertar del durmiente es algo confuso, no sabe bien si está aquí, sentado, o si sigue en su interrumpido sueño. Me acerco a él y le voy haciendo recomponer el sencillo rompecabezas que se le hizo en su tablero bajo la gorra.

"Anillito era un oveja de aquellas llamadas "pajarillas". Éstas solían situarse a la cabeza del rebaño y hacer de guía del resto. Anillito tenía su abrigo de lana de un marrón oscuro, pero adornaba la muñeca izquierda de una de sus patas delanteras con una reluciente pulsera blanca, de lana natural, claro.
El recuerdo del abuelo se traslada a un mes de febrero de los primeros años sesenta. A una noche oscura de candiles le amaneció una blanca nevada. Los tejados vestían largos y deshilachados abrigos blancos, el empedrado de la calle lucía también alfombra blanca, pero unos inmensos cortinajes grises cubrían la ventana del cielo.
A las huellas del pastor sobre la nieve le precede la figura altiva del mismo hombre que apoya su cayado y avanza camino abajo en busca del redil.
Ovejas blancas ocultas en las sábanas del llano, inmóviles como figuritas del portal, esperaban alguna señal que las despertara. Al silbido del hombre responde con una sacudida eléctrica la "romera",la "pajarilla", como un lunar marrón en la piel nívea del campo que hizo verlas por fin.

Escribo recreándome en la descripción que el relato de mi padre va dibujando en mi mente. Y me tranquilizo al comprobar de nuevo que su memoria sigue estando en perfecto estado. Bien es cierto que le provoqué para que buscara un recuerdo lejano, porque como él suele decir a veces...
- No quisiera perder la memoria. Es lo que me mantiene vivo.
En estos días, ha sufrido breves lapsus que le confundieron; pero luego se repone a base de echar mano de sus recuerdos. Por eso yo insisto en esa terapia.

Aquella nevada fue la última que se conoció por estos lares y desde pequeño la he ido oyendo relatar como el gran evento meteorológico del pasado siglo. 
Ese día pocos salieron al campo.Por lo que me cuentan, la nieve alcanzó como medio metro de altura. Y quizá por esa especie de heroicidad es por lo que el abuelo gusta de contarlo. Sin embargo, a mí siempre me entusiasmó imaginar todo nevado y  repetir esa gran aventura, que bien podría emular la travesía del Ártico.