Sobre un simple cartón se han dejado caer papelitos de colores. Las manos inocentes de unos niños han dado vida a una naturaleza muerta.No hace falta imaginar mucho para adentrarse en un paisaje lindo y sugerente, aunque irreal.
Al fin y al cabo, cuánto debemos a la imaginación y a los sueños. Como poco, le debemos mantener viva la ilusión por vivir.
De esto mismo, trata mi historia.
Desde su balcón veía pasar al gentío que iba y venía a diario. ¡¡Cuánto deseó bajar a ese río humano, mezclarse en su marea, notar los cuerpos rozarse..!! Pero, no, no podía ser. Desde muy pequeño estaba anclado en una silla de ruedas y sus paseos discurrían por caminos sin gente, espaciosos y vacíos. Mas él los llenaba sin dificultad.
Cada día, al salir a la calle, una aventura estaba a punto de comenzar:
Embutido en un traje metálico, se manejaba con los movimientos robotizados de aquel personaje de cómic. Los niños, al verlo, se abalanzaban sin temor sobre él. Los cogía y los volteaba con facilidad, y varios a la vez. Y sus padres sonreían gozosos de verlos divertirse así.
Su cometido, ser un héroe. Por eso no era raro verlo rescatar animales de los enormes árboles del parque, salvar de un atropello, evitar peleas....y, algo grandioso, levantar como si de una pluma se tratara el autobús que se precipitaba al borde de un abismo de rocas.
Aún no ha desayunado y ya está sentado delante del ordenador. Como cada jornada, tiene una inmensa tarea que realizar: Muchos amigos, sobre todo niños, esperan que él les anime contándole sus aventuras. Sus amigos son especiales, no pueden moverse fácilmente, la mayoría no han podido superar el drama que supone haber perdido algún familiar en un accidente de tráfico y, lo que es peor, superar el doloroso trauma de haber quedado tetrapléjico.
Atender a esa tarea nunca lo ha considerado una heroicidad.
En la visita al zoo, los pingüinos eran los más solicitados. Más en aquella ciudad donde hacía tanto calor. Los domingos eran los de más concurrencia.Se asomaron los visitantes, variopintos pero iguales, al frío espectáculo de contemplar como unos asustados animales, igualitos, igualitos, se mostraban. No podían imaginar que eran observados por estas aves, elegantes y presumidas, con la aviesa intención de aprender de ellos y así, algún día, utilizarlos para escapar por fin.
Colocado estratégicamente entre sus congéneres, el más espigado de ellos, ya podía imitar el paso cortos de los ancianos con Alzheimer, el movimiento rígido de la cabeza de las señoras repeinadas..,pero el problema seguía siendo cómo disimular la cara de pingüino...
Entre los visitantes, un hombre de mediana edad, no podía dejar de reír para sus adentros. No sabía por qué aquel espigado pingüino le recordaba tanto a su mujer.
Adentrarse en un laberinto puede ser una manera suicida de escapar. Es que asomarse al abismo siempre atrajo a hombres y mujeres.Una chica, tímida por su manera de desenvolverse y de mirar a la gente, guardaba oculto en lo más profundo de sus deseos un sueño:
Ser libre. Escapar de la tela de araña en la que estaba atrapada.
La casaron con un tipo vulgar y aburrido, amigo de la familia y vecino de sus padres, mucho mayor que ella y en nada parecido al príncipe azul de sus sueños.
Cada mañana salía temprano para coger el autobús. Pisar la calle suponía iniciar una aventura, pues le costaba enfrentarse a la vida. No era habitual que en el trayecto hablara con alguien, pero aquella mañana, que se había sentado cerca del conductor, sí lo hizo. Ella no se había percatado de que ese chico la miraba a través del espejo retrovisor.
- Hace frío esta mañana, ¿verdad?- le dijo casi sin atreverse a mirarla.
- Ah!... perdón?...sí,...sí que hace.Hasta llegar a su destino la conversación fue derivando hacia temas diversos, intrascendentes la mayoría de ellos. Ese día ella se sintió muy satisfecha y no dejó de pensar en el el chico que la miró de otra forma, diferente a lo que ella estaba acostumbrada.
La escena del autobús, con la chica sentada cerca del conductor, se fue repitiendo algunos días más.
Una mañana lluviosa de lunes, el autobús iba casi vacío. Al llegar a la parada donde se bajaba ella, ya no había nadie más. El conductor, al que ya consideraba un amigo, le pidió seguir hasta la última parada, donde el cementerio municipal; a la vuelta la dejaría enfrente de su destino.
Confiada y dispuesta a seguir, asintió gustosa. Llegados al fin del trayecto, él se levantó y se le acercó. Por fin iban a tocarse en un abrazo, ansiado y deseado por ambos.
Él la abrazó fuertemente y la besó en la boca, sus manos buscaron la manera de desnudarla...Ella seguía inmóvil, petrificada, insensible....A duras penas pudo articular un NO, NO QUIERO. Pero aquel chico que ahora tenía una mirada extraña, de loco, no le hizo caso.
Ultraje, violación,... no conocía otra palabra para nombrar el horrible daño sufrido. Ni un consolador llanto podía salir de sus entrañas, sólo quería morirse. Por eso siguió tumbada junto a la puerta del cementerio.
Cuando volvió en sí, se encontraba sentada al lado de otro chico, pero este la acercaba al hospital más cercano. Eso sí, conducía un coche fúnebre, pero la devolvía del profundo pozo del laberinto donde se había perdido.
La escena del autobús, con la chica sentada cerca del conductor, se fue repitiendo algunos días más.
Una mañana lluviosa de lunes, el autobús iba casi vacío. Al llegar a la parada donde se bajaba ella, ya no había nadie más. El conductor, al que ya consideraba un amigo, le pidió seguir hasta la última parada, donde el cementerio municipal; a la vuelta la dejaría enfrente de su destino.
Confiada y dispuesta a seguir, asintió gustosa. Llegados al fin del trayecto, él se levantó y se le acercó. Por fin iban a tocarse en un abrazo, ansiado y deseado por ambos.
Él la abrazó fuertemente y la besó en la boca, sus manos buscaron la manera de desnudarla...Ella seguía inmóvil, petrificada, insensible....A duras penas pudo articular un NO, NO QUIERO. Pero aquel chico que ahora tenía una mirada extraña, de loco, no le hizo caso.
Ultraje, violación,... no conocía otra palabra para nombrar el horrible daño sufrido. Ni un consolador llanto podía salir de sus entrañas, sólo quería morirse. Por eso siguió tumbada junto a la puerta del cementerio.
Cuando volvió en sí, se encontraba sentada al lado de otro chico, pero este la acercaba al hospital más cercano. Eso sí, conducía un coche fúnebre, pero la devolvía del profundo pozo del laberinto donde se había perdido.