
El árbol ciprés,
que mira al cielo,
conecta con el paraíso.
También con el infierno.
Amor y muerte
-al fin y al cabo, son lo mismo-
suben o bajan del mismo lugar.
Bajo el ciprés del parque, una chica espera sonriente que le hagan una foto. No ha visto todavía que alguien la observa embelesado...
Alonso esconde su nerviosismo a la vez que guarda sus manos en el bolsillo y se aleja de allí con la mirada perdida. Es entonces cuando Lucía lo reconoce.
Las familias de ambos, los Retamero y los Hinojosa, se odian desde hace más de un siglo.
El día que un Retamero, antepasado de Alonso, y un Hinojosa se lanzaron miradas de muerte no ha podido olvidarse, tampoco sus consecuencias. Durante años la sufrieron calladamente.
A finales de XIX, en una taberna lóbrega y de rancio olor, cuatro jóvenes juegan a las cartas. Hay mucho dinero en la mesa y dos miradas ansían cogerlo. Para jugárselo, Alonso tiene que poner sobre la mesa su potro de pura raza árabe. Pero las cartas buenas las tenía Miguel.
El orgullo herido del Retamero esperaba oculto al paso de Miguel... Y una faca de afilada hoja esperaba un corazón que partir. Pero el movimiento reflejo de la sorprendida víctima la alejó unas pulgadas.
Miguel llegó sangrando a su casa. La madre se levantó a abrir el cerrojo de la puerta y, al ver el reguero de sangre, se la llevaron los demonios.
Día tras día atosigaba a su marido y al menor de sus hijos clamando venganza.
Una noche que esperaban sentados la cena, la madre se plantó en medio del comedor:
-Aquí no se pone más la mesa hasta que no matéis al malnacido del Retamero que casi mata a vuestro hermano.
No les quedó más remedio ante la resolución de la madre.
No pasó ni una noche más sin que padre e hijo se apostaran en la entrada del pueblo, escondidos bajo el ciprés. Sabían que tarde o temprano, Alonso pasaría por allí.
Una compleja mezcla de intuición femenina y pura química le hicieron, con el paso de los días, sentirse atraída por aquel esquivo y prohibido chico. Sin embargo, Alonso sí sentía que, con sólo verla, se le disparaba la adrenalina... él ya sabía que no era otra cosa que amor, aunque un amor imposible.
No tardó mucho en que su vergüenza fuera superada por el deseo de mirar a los ojos de ella.
La incipiente luna nueva cobijó a los asesinos que se abalanzaron al paso de su víctima. Y allí quedó con un grito ahogado de dolor y tumbado con cuatro rosas rojas en el pecho.
Nadie vio nada y nada se supo hasta la mañana siguiente, cuando un arriero contempló el cuerpo tirado.
De la familia Retamero, la madre sufrió mil veces más que nadie.
Con el paso de los días, buscó consuelo en una bruja echadora de cartas. La hechicera le exigió un conjuro: Debía depositar las ropas de sangre manchadas y bajo el ciprés ocultarlas. Quién fuera responsable de la muerte, no tardaría en morir allí no más lejos del radio que imponía la sombra del ciprés.
Los hombres de la familia Retamero se dieron a la bebida. Y noche tras noche bajaban borrachos como cubas.
Una noche de tormenta, Angustias, la madre, salió en busca de su camada. Harta estaba de las esperas interminables y del avinagramiento familiar.
Rayos y truenos restallaban el cielo, mientras una figura fantasmal pasaba justo por la sombra del ciprés. Quiso el cielo o el infierno que un rayo fulminara aquella figura y la dejara tan inerte como áquel que con cuatro rosas lo estuviera.
Y ocurrió una tarde. El joven Alonso siguió la estela perfumada de rosas de Lucía y, justo a la altura del viejo ciprés, la cogió del brazo.
El domingo por la tarde Lucía, ya esperaba a su enamorado en la barra del bar más concurrido del pueblo.
No tardó mucho en que su vergüenza fuera superada por el deseo de mirar a los ojos de ella.
La incipiente luna nueva cobijó a los asesinos que se abalanzaron al paso de su víctima. Y allí quedó con un grito ahogado de dolor y tumbado con cuatro rosas rojas en el pecho.
Nadie vio nada y nada se supo hasta la mañana siguiente, cuando un arriero contempló el cuerpo tirado.
De la familia Retamero, la madre sufrió mil veces más que nadie.
Con el paso de los días, buscó consuelo en una bruja echadora de cartas. La hechicera le exigió un conjuro: Debía depositar las ropas de sangre manchadas y bajo el ciprés ocultarlas. Quién fuera responsable de la muerte, no tardaría en morir allí no más lejos del radio que imponía la sombra del ciprés.
Los hombres de la familia Retamero se dieron a la bebida. Y noche tras noche bajaban borrachos como cubas.
Una noche de tormenta, Angustias, la madre, salió en busca de su camada. Harta estaba de las esperas interminables y del avinagramiento familiar.
Rayos y truenos restallaban el cielo, mientras una figura fantasmal pasaba justo por la sombra del ciprés. Quiso el cielo o el infierno que un rayo fulminara aquella figura y la dejara tan inerte como áquel que con cuatro rosas lo estuviera.
Y ocurrió una tarde. El joven Alonso siguió la estela perfumada de rosas de Lucía y, justo a la altura del viejo ciprés, la cogió del brazo.
El domingo por la tarde Lucía, ya esperaba a su enamorado en la barra del bar más concurrido del pueblo.




