Amanece un domingo cualquiera de febrero. Hace frío, todavía es invierno.
Abandono lentamente el aglomerado de casitas blancas y me refugio en el campo. Atrás quedan dormidos, aletargados, en sus hogares las gentes del pueblo.
¡Qué solo está el campo! Los silenciosos árboles callan y no dicen nada, pero una brisa suave me trae el aroma de la tierra mojada envuelta en susurros.
Atisbo en la lejanía las luces del valle. Innumerables casitas, casi juntas y esparcidas, forman una alfombra artificial sobre los campos, muchos ya abandonados, casi aniquilados, dejados de la mano de Dios.
En la cumbre, la nieve se instaló y cubrió con su manto helado la hermosa sierra. No sopla el viento del oeste y las criaturas no sufren su azote escarchado.
Los primeros cantos y trinos, que nos quitan el miedo, avisan de que todo está tranquilo.
Un camino de asfalto recorre la campiña, cual serpiente de infinito cuerpo. Por ella circulo con el ruidoso motor de mi desvencijado todoterreno. Luego tomo un acceso terrizo y me acerco a mi destino: una suerte de olivos que estamos podando. Las ramas caídas yacen a la espera de ser entregadas al fuego de hogueras, que devolveran su sustancia a la tierra en forma de cenizas, que luego esparcerá el viento.
Poco a poco asoma majestuoso el dorado sol, que trae un mensaje de esperanza, de cálido abrazo y de renovada vida.
Los olivos necesitan ser podados, quitarles las ramas más viejas y las menos productivas.


