Hoy, por fin, se ha asomado el sol.
Ayer las nubes no dejaron verlo y, por la tarde, la lluvia nos puso una tarde húmeda y melancólica como hacía tiempo que no lo hacía.
Esta mañana dominical, tenuemente, se le vio aparecer por entre las nubes. Pero, no. Se volvió a esconder tras el rebozo de una sábana hecha de bruma con encajes de pitiminí.
Luego, parece que tuvo frío y, recogiendo una oscura manta, se tapó completamente.
Hemos paseado, mi hijita y yo, buscando el calorcito de sus rayos.
Desde la casa hasta el centro del pueblo debe haber algo más de un kilómetro. Con la excusa de ir a recoger el periódico, recorrimos ese trecho. La mañana de domingo es extrañamente solitaria y tranquila. No se ve a la gente todavía por la calle.
Como el paseo se hace largo y por el camino hay donde entretenerse, ella lo hace a cada momento. Se mueve rápida, saliéndose de la acera, a buscar caracoles entre la hierba que la otoñada ha traído con urgencia. Eso sí, si me paro a saludar a algún amigo, ella me apura para que no me entretenga. Una mirada seria le hace reconsiderar su impaciencia. A los pocos segundos, otra vez inicia su acoso, ahora más sutilmente.
Cuando nos acercamos al casco más antiguo del pueblo y nos adentramos por su calle principal, nos empezamos a encontrar, por momentos, con más gente.
El segundo día de noviembre se sigue considerando todavía, aunque no de forma oficial, la festividad de los Santos Difuntos. Se ven pasar camino del cementerio mujeres sobre todo con ramos o adornos de flores para agasajar a sus difuntos.
Todos los años por estas fechas vemos aumentar la población con la llegada masiva de hijos del pueblo, que regresan con el objetivo singular de llevar flores al cementerio. De camino, se visitan familiares y amigos, se dan una vuelta por las calles que antaño pisaron; en fin que se puede decir que celebrando la muerte , el pueblo revive.
Regresamos por el mismo camino a casa y, aunque algo cansados, volvemos a repetir los hábitos que se nos inculcó desde pequeños: saludamos y nos paramos a charlar con unos y otros. Mi pequeña no lo entiende muy bien y se desespera. En muchas ocasiones me interroga en parecidos términos:
- Papi, tú conoces a todo el pueblo?
- Más o menos -le digo yo. Pero, por el hecho de ser de este lugar nos debemos, al menos, el saludo. Y si, además, somos vecinos o conocidos, nos enseñaron, que también había que interesarse por ellos.
De alguna forma en los pequeños núcleos rurales vivimos como en una especie de gran familia, aunque cada uno viva en su casa.
Por la tarde, es costumbre oír misa en el cementerio. Yo no he asistido. Me quedé en casa con la pequeña y la abuela. Mi mujer y su hermano, sí.
Apenas salieron de casa, la lluvia hizo su aparición. La misa se celebró con una nube de paraguas, pues la capilla es pequeña y apenas cabe un pequeño grupo de personas.
Luego, terminada la misa, la mayoría de los asistentes corrieron en atravesar el pueblo. En el otro extremo se encuentra la iglesia parroquial. Allí se oficiaba una misa por el cuerpo presente de una vecina muy querida entre los vecinos.
En poco tiempo, el cementerio se llenaba y se vaciaba de gente, al tiempo que lo hacía la iglesia de forma alternativa. Todo en torno a la muerte, la reciente y la ocurrida días, meses o años antes. En multitud de casos, las plegarias se hacían por difuntos fallecidos hace años. Piensan muchos que el recuerdo los mantiene vivos entre nosotros. Quizás sea así la que llaman vida eterna.
La lluvia de otoño limpia el ambiente y devuelve una claridad excepcional cuando sale de nuevo el sol. Desde los aledaños del cementerio, mi pueblo luce así.

Pretendía exponer una idea, pero ha salido esto así. Espero no haberos defraudado.