Creemos los hombres, equivocadamente, que las mujeres no tienen nada que enseñarnos, que ya sabemos todo lo necesario para vivir.
Una amiga tuvo a bien confiar en mí y me mandó una carta que transcribo a continuación:
"En mi azarosa vida he buscado y conocido a muchos hombres. Eso sí, unos pocos me cautivaron y removieron mis sentidos más vulnerables. Llegaron incluso a nublarme la vista con sus cuerpos hermosos, o susurraron halagos que endulzaron mis oídos, o estremecieron mi cuerpo con hábiles manos. Sin embargo, ninguno supo darme nada más.
Ahora, que he desaparecido de los ojos de aquellos que miran con ahínco; cuando ya sólo soy joven en lo más profundo de mi imaginación, valoro aún más, en un hombre o en una mujer, señales sublimes que quizá, en ocasiones, dejé escapar.
¿Como no adiviné, tras unos ojos húmedos, una ardiente pasión; o no quise adorar al joven de corazón tierno capaz de un amor infinito? ¡Qué torpe fui despreciando un sencillo objeto sin apenas valor que escondía el mayor regalo de quien daría todo por mí!
¡Ay! Como despreciaba poemas, relatos, cartas de amor... de aquel enamorado que escribía, porque se le rompía el corazón de lleno que lo tenía.
Vivo para contarlo y para decirte, amigo, que si no conocí a quien he referido, al menos, soñé con él. A fin de cuentas soñar también es vivir."
jueves, 24 de julio de 2008
domingo, 13 de julio de 2008
Mi caballito de caña
Tengo ahora mi calle, la calle de mi infancia, en la cabeza.
La algarabía de juegos y el arrastrar de aquellos caballos de caña sobre el empedrado. Mi más preciado juguete: la robusta caña que mi abuelo había cortado, raspado y abierto los agujeros por donde debía pasar la brida del más brioso corcel.
En la tarde primaveral, al salir del colegio, monto en él. En una mano, el cuenco de pan con aceite y sal; en la otra, mi caballito, que ya galopa calle abajo en busca de otros como él.
La "pandilla de pistoleros" nos juntábamos en las últimas casas que daban al campo.
Se iniciaba el cabalgar diario, subiendo y bajando las calles, callejones y caminos que llevaban al arroyo, donde abrevarían nuestras monturas.
Allí, los juegos de nuestra imaginación se alargaban casi hasta el anochecer. Llegado ese momento, todos a casa.
Eran los años sesenta y en nuestras casas no había entrado todavía el televisor.
Pocos años después, juegos y juguetes animados fueron abandonando las calles.
La alegría se fue encerrando en una caja tonta que a todos encantaba.
Vuelvo a la calle donde ya no trotan los caballitos de caña, porque los niños que hoy pasan van cabizbajos y tristes, y no conocen a nadie. Van a por "chuches" y de vuelta a la tele, la "pley" o el ordenador. Ya no cabalgan a ninguna parte, porque navegan por calles cibernéticas hasta el fin del mundo.
Los niños de entonces tenían siempre muchos sueños por realizar. ¿Con qué sueñan los niños de hoy? Estos niños ya no tendrán la calle de sus juegos en la cabeza. Ahora viven en la cabeza que dirigen desde un ratón inalámbrico o tecleando@lgo.com.
La algarabía de juegos y el arrastrar de aquellos caballos de caña sobre el empedrado. Mi más preciado juguete: la robusta caña que mi abuelo había cortado, raspado y abierto los agujeros por donde debía pasar la brida del más brioso corcel.
En la tarde primaveral, al salir del colegio, monto en él. En una mano, el cuenco de pan con aceite y sal; en la otra, mi caballito, que ya galopa calle abajo en busca de otros como él.
La "pandilla de pistoleros" nos juntábamos en las últimas casas que daban al campo.
Se iniciaba el cabalgar diario, subiendo y bajando las calles, callejones y caminos que llevaban al arroyo, donde abrevarían nuestras monturas.
Allí, los juegos de nuestra imaginación se alargaban casi hasta el anochecer. Llegado ese momento, todos a casa.
Eran los años sesenta y en nuestras casas no había entrado todavía el televisor.
Pocos años después, juegos y juguetes animados fueron abandonando las calles.
La alegría se fue encerrando en una caja tonta que a todos encantaba.
Vuelvo a la calle donde ya no trotan los caballitos de caña, porque los niños que hoy pasan van cabizbajos y tristes, y no conocen a nadie. Van a por "chuches" y de vuelta a la tele, la "pley" o el ordenador. Ya no cabalgan a ninguna parte, porque navegan por calles cibernéticas hasta el fin del mundo.
Los niños de entonces tenían siempre muchos sueños por realizar. ¿Con qué sueñan los niños de hoy? Estos niños ya no tendrán la calle de sus juegos en la cabeza. Ahora viven en la cabeza que dirigen desde un ratón inalámbrico o tecleando@lgo.com.
jueves, 10 de julio de 2008
Monaguillos
Los que vigilan desde el campanario son mozuelos de apenas doce años. Uno de ellos, Manolín, está deseando bajar a la sacristía, porque allí le espera su amiga. Con ella pasa largos ratos haciendo como que reza; pero sobre todo, contemplando su rostro.
La Virgen Niña es una imagen preciosa que parece de carne y hueso, y a la que Manolín le tiene un apego especial.
Muchas veces, estando con la “Niña”, se le va la Virgen al cielo; llegan los otros, se le plantan detrás y lo miran extrañados. Él ni se da cuenta. Es que, Manolín, habla con la imagen, le cuenta cosas y le susurra al oído sus inocentes secretos.
- Venga, “cagueta”, dale un beso de una vez- le soltó Pepín.
Como un rayo saltó de la tarima y se lanzó al pecho de Pepín. Como ocurría otras veces, la pelea se quedaba en unos empujones más o menos. Se tranquilizaron y, al cabo, no tardaron en marcharse. Todos menos Manolín.
Ahora, solo con su Niña, le latía el corazón a cien por mil; y la miraba con otros ojos. Y lo hizo, se subió de nuevo y la besó, pero en la boquita. Notó la frialdad de la escayola y una suavidad extraña que se le pegó a los labios. Sentir, lo que se dice sentir, no sintió nada. Bajó y echó a correr. Al girar a la izquierda, conforme se sale de la sacristía, un bulto negro le golpeó como un almohadón en el pecho y fue a dar con su trasero en las baldosas de la iglesia. Era el párroco, Don Ángel, un tipo enorme y bonachón que podía ser su abuelo.
Don Ángel se demudó y adivinó lo que acababa de pasar en cuanto vio una mancha roja de carmín en los labios del monaguillo, pero no dijo nada. Metió sus manos, como solía, en la sotana, palpó la barra de labios que siempre guardaba y la apretó con rabia.
- Levántate y márchate- le dijo.
Manolín se perdió en las sombras del templo y, por una rendija, desapareció.
Torpemente, Don Ángel, se subió a una silla y con un pañolito de algodón, bordado con su inicial, limpió, tembloroso, los labios de la imagen. Con un amago de caricia, se despidió de la “Niña”, su niña.
Y caminó cabizbajo por las sombras, y lloró. Su corazón era débil y apenas le cabía dentro. Tal era la rabia de tener un rival. Cerró la iglesia y se fue marchando poco a poco.
Muchas veces confesó y dio la comunión a Manolín, y siguió haciéndolo. Cada vez que se acercaba a él, su corazón perdía un latido, hasta que apenas le quedó un puñado.
En el mes corto que vivió, nunca reprochó nada al monaguillo, ni le sonsacó; tampoco le perdonó.
Pasados los años, un nuevo cura llegó al pueblo. Le llamaban Don Manuel. A todos impresionó el ardiente fervor que demostró siempre por la Virgen Niña. Fervor que también inculcó a sus monaguillos.
NOTA:
Este es un pequeño homenaje a aquellos chavales que, por aquellos tiempos de mi infancia, vivían una experiencia religiosa entre los inmensos muros de las iglesias.
La Virgen Niña es una imagen preciosa que parece de carne y hueso, y a la que Manolín le tiene un apego especial.
Muchas veces, estando con la “Niña”, se le va la Virgen al cielo; llegan los otros, se le plantan detrás y lo miran extrañados. Él ni se da cuenta. Es que, Manolín, habla con la imagen, le cuenta cosas y le susurra al oído sus inocentes secretos.
- Venga, “cagueta”, dale un beso de una vez- le soltó Pepín.
Como un rayo saltó de la tarima y se lanzó al pecho de Pepín. Como ocurría otras veces, la pelea se quedaba en unos empujones más o menos. Se tranquilizaron y, al cabo, no tardaron en marcharse. Todos menos Manolín.
Ahora, solo con su Niña, le latía el corazón a cien por mil; y la miraba con otros ojos. Y lo hizo, se subió de nuevo y la besó, pero en la boquita. Notó la frialdad de la escayola y una suavidad extraña que se le pegó a los labios. Sentir, lo que se dice sentir, no sintió nada. Bajó y echó a correr. Al girar a la izquierda, conforme se sale de la sacristía, un bulto negro le golpeó como un almohadón en el pecho y fue a dar con su trasero en las baldosas de la iglesia. Era el párroco, Don Ángel, un tipo enorme y bonachón que podía ser su abuelo.
Don Ángel se demudó y adivinó lo que acababa de pasar en cuanto vio una mancha roja de carmín en los labios del monaguillo, pero no dijo nada. Metió sus manos, como solía, en la sotana, palpó la barra de labios que siempre guardaba y la apretó con rabia.
- Levántate y márchate- le dijo.
Manolín se perdió en las sombras del templo y, por una rendija, desapareció.
Torpemente, Don Ángel, se subió a una silla y con un pañolito de algodón, bordado con su inicial, limpió, tembloroso, los labios de la imagen. Con un amago de caricia, se despidió de la “Niña”, su niña.
Y caminó cabizbajo por las sombras, y lloró. Su corazón era débil y apenas le cabía dentro. Tal era la rabia de tener un rival. Cerró la iglesia y se fue marchando poco a poco.
Muchas veces confesó y dio la comunión a Manolín, y siguió haciéndolo. Cada vez que se acercaba a él, su corazón perdía un latido, hasta que apenas le quedó un puñado.
En el mes corto que vivió, nunca reprochó nada al monaguillo, ni le sonsacó; tampoco le perdonó.
Pasados los años, un nuevo cura llegó al pueblo. Le llamaban Don Manuel. A todos impresionó el ardiente fervor que demostró siempre por la Virgen Niña. Fervor que también inculcó a sus monaguillos.
NOTA:
Este es un pequeño homenaje a aquellos chavales que, por aquellos tiempos de mi infancia, vivían una experiencia religiosa entre los inmensos muros de las iglesias.
Cédula "ratonista"
El día que mi madre nos comunicó, muy alterada, que había entrado un ratón en la casa, pues había recogido diminutas cagadas sobre el aparador, la tranquilidad que teníamos se tornó en pesadilla. A partir de ese día, todo cambió en casa. Mi hermano, que era un “dejao”, ya no tiraba la ropa de cualquier manera; la recogía y la guardaba en el armario. Ni que decir tiene que todos los armarios habían sido vaciados y vueltos a llenar no una, sino varias veces. Mi madre barría, fregaba y limpiaba el polvo con frenesí, incluso en horas intempestivas. Mi padre, que paraba menos en casa, cuando lo hacía, pasaba ratos de búsqueda y captura por los rincones. Pero, nada. El dichoso roedor no aparecía.
Por mi parte, también me preocupaba del intruso, pero menos. Hasta que un domingo por la tarde fui a buscar un dato a la enciclopedia de Andalucía. Los ocho tomos, pesados como losas, reposaban en la parte más baja de la estantería. Al ir a coger el octavo, una sombra fugaz se movió tras los libros. Efectivamente, al último tomo le había roído en un borde el tamaño comparable al peñón de Gibraltar en el territorio de Andalucía. Miraba estupefacto el atentado a la cultura que había cometido el susodicho, cuando la sombra se materializó y se lanzó a cruzar la habitación. No sé como, pero arrojé violentamente el libraco sobre el ratoncillo y allí acabaron sus días, muerto y sepultado por su propia víctima.
No miré debajo de la losa, pero sí comprobé los muchos damnificados en la catástrofe. Aún los guardo, heridos para siempre, en lo más alto de la estantería de mi casa.
Por mi parte, también me preocupaba del intruso, pero menos. Hasta que un domingo por la tarde fui a buscar un dato a la enciclopedia de Andalucía. Los ocho tomos, pesados como losas, reposaban en la parte más baja de la estantería. Al ir a coger el octavo, una sombra fugaz se movió tras los libros. Efectivamente, al último tomo le había roído en un borde el tamaño comparable al peñón de Gibraltar en el territorio de Andalucía. Miraba estupefacto el atentado a la cultura que había cometido el susodicho, cuando la sombra se materializó y se lanzó a cruzar la habitación. No sé como, pero arrojé violentamente el libraco sobre el ratoncillo y allí acabaron sus días, muerto y sepultado por su propia víctima.
No miré debajo de la losa, pero sí comprobé los muchos damnificados en la catástrofe. Aún los guardo, heridos para siempre, en lo más alto de la estantería de mi casa.
El ditero
Oigo en la radio que cantan el himno de España unos manifestantes muy jóvenes, y sin querer vuelven imágenes de mi infancia, no todas desagradables, de aquellos años.
Entonces, la vida en el pueblo estaba como adormecida. Las casas estaban casi vacías, apenas cuatro sillas y una mesa; y, como se comía no mucho de pocas cosas, más que nada, se soñaba.
En casa, pues, vivíamos con lo justo. Si mi madre juntaba algún ahorrillo, un tipo sonriente aparecía con un paquete bajo el brazo. Una vez, por Navidad, era una caja surtida de mantecados. Otra, una plancha eléctrica. Por fin, otro día, se encendió el primer transistor a pilas y el hogar se fue llenando algo, aunque sólo fuera de voces fantasmas.
Le llamábamos “el ditero” y era habitual en las tardes de radionovela, merienda de cuenco de pan con aceite y chocolate rancio, que apareciera a cobrar una pequeña parte de lo que se le debía. Llevaba bajo el brazo una caja verde oscura de la que sacaba unos recibos amarillentos de una bandeja inferior; en ellos anotaba el pequeño aporte familiar, y lo mismo hacía en la copia que guardaba mi madre. Los pagos se eternizaban y, cada poco tiempo, me hacían sumarlos para saber si quedaba mucho. Cuando se liquidaba una cuenta, ya se podía pensar en abrir otra.
Nunca noté que perdiera la sonrisa ante la imposibilidad de un pago y no creo que se cobrara intereses, pero para todos era que tenía dinero.
“El ditero” no perdió la sonrisa cuando murió su mujer, ni cuando le sonaron los cencerros al casarse con una viuda. Tampoco dejó de sonreír pocos días después, dormido en el ataúd. La gente del pueblo lo sintió mucho y acudieron a su entierro niños, mayores y viejos. Sólo faltaron ramos de flores, pero quién los podría comprar y quién les anotaría entonces la dita.
Entonces, la vida en el pueblo estaba como adormecida. Las casas estaban casi vacías, apenas cuatro sillas y una mesa; y, como se comía no mucho de pocas cosas, más que nada, se soñaba.
En casa, pues, vivíamos con lo justo. Si mi madre juntaba algún ahorrillo, un tipo sonriente aparecía con un paquete bajo el brazo. Una vez, por Navidad, era una caja surtida de mantecados. Otra, una plancha eléctrica. Por fin, otro día, se encendió el primer transistor a pilas y el hogar se fue llenando algo, aunque sólo fuera de voces fantasmas.
Le llamábamos “el ditero” y era habitual en las tardes de radionovela, merienda de cuenco de pan con aceite y chocolate rancio, que apareciera a cobrar una pequeña parte de lo que se le debía. Llevaba bajo el brazo una caja verde oscura de la que sacaba unos recibos amarillentos de una bandeja inferior; en ellos anotaba el pequeño aporte familiar, y lo mismo hacía en la copia que guardaba mi madre. Los pagos se eternizaban y, cada poco tiempo, me hacían sumarlos para saber si quedaba mucho. Cuando se liquidaba una cuenta, ya se podía pensar en abrir otra.
Nunca noté que perdiera la sonrisa ante la imposibilidad de un pago y no creo que se cobrara intereses, pero para todos era que tenía dinero.
“El ditero” no perdió la sonrisa cuando murió su mujer, ni cuando le sonaron los cencerros al casarse con una viuda. Tampoco dejó de sonreír pocos días después, dormido en el ataúd. La gente del pueblo lo sintió mucho y acudieron a su entierro niños, mayores y viejos. Sólo faltaron ramos de flores, pero quién los podría comprar y quién les anotaría entonces la dita.
Cara o Cruz -Ganar o Perder.
Decía mi madre:
-¡Vas a ganar la "cebá"!
Y lo decía con su peculiar habla andaluza.
Y yo se lo oía decir, pero no le hacía mucho caso.
Mientras tanto, seguía saltando por las albarradas de mi calle, tan pendiente y tan desempedrada.
Por entonces no había elecciones municipales, ni de las otras.
Entendí bien aquella frase el día que asomé, por la puerta siempre abierta de la casa de mi infancia, llorando, con las rodillas raspadas y los dientes ensangrentados.
Estaba mi padre allí cuando llegué. Se levantó y, encima, me sacudió dos guantazos.
Aquel día aprendí dos cosas de golpe:
-¡Vas a ganar la "cebá"!
Y lo decía con su peculiar habla andaluza.
Y yo se lo oía decir, pero no le hacía mucho caso.
Mientras tanto, seguía saltando por las albarradas de mi calle, tan pendiente y tan desempedrada.
Por entonces no había elecciones municipales, ni de las otras.
Entendí bien aquella frase el día que asomé, por la puerta siempre abierta de la casa de mi infancia, llorando, con las rodillas raspadas y los dientes ensangrentados.
Estaba mi padre allí cuando llegué. Se levantó y, encima, me sacudió dos guantazos.
Aquel día aprendí dos cosas de golpe:
- Lo que era ganar -la cebada. Y lo que duele perder -dos dientes.
Pero, la verdad, no noté la diferencia.
Años más tarde quise saber por qué se decía aquello de "ganar la cebada".
Esta era la versión de mi abuelo:
A los burros-decía- cuando los mataban a trabajar y caían despatarrados en mitad del camino, el arriero, en su deseperación, solía gritarles:
-Ya te has ganado la cebada. Pero con su habla andaluza, desgraciadamente vulgar, de sempiterno analfabeto.
Y, una de dos, o le daba de palos hasta que se levantaba, o se apiadaba de él y, por la noche, ya en la cuadra, le echaba unos puñados de aquel preciado cereal para que se repusiera.
Recuerdo, volviendo de nuevo a mi historia, que me palpé el cogote, todavía dolorido, y me dije:
_Si hubiera acudido a mi madre..., pero estaba mi padre.
Adivina, adivinanza.
De todas las descripciones, la adivinanza es para mi la más entrañable.
Una, que ya me contaba mi padre de pequeñito, la guardo como un tesoro -casi nadie la acierta.
Siempre me sedujo la imagen que de aquellos cuatro versos grabé. Sentí miedo y luego decepción, por eso no digo la solución a nadie. Espero que la sepáis apreciar:
Detrás de una mata oscura,
hay, de una vieja, su figura;
con dientes de gavilanes
y ombligo de criatura.
¿Qué es?
El segundo verso lo he interpretado siempre así, pero mi padre decía: "hay una vieja en figura" quería decir en sentido figurado -como si de una vieja se tratara.
Se admiten sugerencias y, si la adivináis, la solución.
Una, que ya me contaba mi padre de pequeñito, la guardo como un tesoro -casi nadie la acierta.
Siempre me sedujo la imagen que de aquellos cuatro versos grabé. Sentí miedo y luego decepción, por eso no digo la solución a nadie. Espero que la sepáis apreciar:
Detrás de una mata oscura,
hay, de una vieja, su figura;
con dientes de gavilanes
y ombligo de criatura.
¿Qué es?
El segundo verso lo he interpretado siempre así, pero mi padre decía: "hay una vieja en figura" quería decir en sentido figurado -como si de una vieja se tratara.
Se admiten sugerencias y, si la adivináis, la solución.
miércoles, 9 de julio de 2008
Mi Land Rover
En una empinada calle del pueblo, al lado de la casa del abuelo, pasa los días un viejo "todo-terreno" construido allá por los setenta. A pesar de los años, ambos, abuelo y vehículo, y uno dentro del otro, se acercan muchos días del año a una finca de olivos que sus hijos mantienen desde que él dejó de hacerlo.
El abuelo no conduce, ni lo ha hecho nunca. Lo hace uno de los hijos. Pero en lo referente a las tareas del campo es él, con ochenta y siete años cumplidos, el que conduce a sus hijos.
La tarde que, por fin, cargaban los últimos sacos de aceitunas, al ir a arrancar, el viejo "lanrover" sufrió una inoportuna avería. Un traquido se escuchó en el motor y una blanca humareda surgió de debajo del capó. El abuelo se lamentó amargamente y, con un enorme cabreo, sólo se le ocurrió decir:
-Ha sido un infarto, pobrecito, es ya muy viejo.
El mecánico, días después, pudo traérselo a trancas y barrancas en tres cilindros, luego de haberle anulado el dañado. El diagnóstico fue concluyente: Obturación de inyectores.
Traducido al lenguaje médico, infarto por arterias obstruidas, como vaticinó el abuelo.
El abuelo no conduce, ni lo ha hecho nunca. Lo hace uno de los hijos. Pero en lo referente a las tareas del campo es él, con ochenta y siete años cumplidos, el que conduce a sus hijos.
La tarde que, por fin, cargaban los últimos sacos de aceitunas, al ir a arrancar, el viejo "lanrover" sufrió una inoportuna avería. Un traquido se escuchó en el motor y una blanca humareda surgió de debajo del capó. El abuelo se lamentó amargamente y, con un enorme cabreo, sólo se le ocurrió decir:
-Ha sido un infarto, pobrecito, es ya muy viejo.
El mecánico, días después, pudo traérselo a trancas y barrancas en tres cilindros, luego de haberle anulado el dañado. El diagnóstico fue concluyente: Obturación de inyectores.
Traducido al lenguaje médico, infarto por arterias obstruidas, como vaticinó el abuelo.
BUSCANDO LA FELICIDAD
Me he pasado todo el fin de semana dándole vueltas al asunto. No conseguía encontrar una feliz idea que fuera mínimamente aprovechable. Iba y venía del salón a la cocina, del baño al dormitorio; y las musas… escondidas, quizás en el diccionario. Ya estaba algo nervioso cuando, por entre los visillos, una agradable caricia de la primavera empezó a aclarar el nublado de mi cabeza. Solté el lápiz y el papel y cerré los ojos. Olvidé los deberes de aprendiz de escritor y casi me dormí.
No volví a acordarme del asunto hasta bien entrada la madrugada del lunes. Para coger el sueño intenté retomar el tema. Sólo conseguí despabilarme del todo. Nervioso ante lo infructuoso del intento, me volví hacia mi compañera y junto a su cálido cuerpo, ahora sí, me dormí.
De vuelta al trabajo, comenté con los compañeros la ideas que me rondaban por la cabeza. Casi improvisadamente, comencé a entrevistarles.
-¿Qué te falta para ser feliz?- Les espetaba.
Ante pregunta tan íntima, algunos tardaron en reaccionar. Las respuestas no diferían mucho de las que yo había ido rehusando varios días: la salud, la familia, la estabilidad en el trabajo, encontrar el amor... No me había dado cuenta, pero hacía tiempo que no hablaba así con ellos. Sentí el rubor y el no sé qué decir de otros. Acercarme a ellos me dio ánimos para acabar la jornada y lo di por bien empleado.
De vuelta a casa, mi hijita con su incontrolable actividad no me dejó un respiro para siquiera dar una cabezadita: dimos de comer a los gusanos de seda, modelamos plastilina, nos perseguimos por el jardín,…se ha acostumbrado a llamarme “papito”, no sé donde lo habrá oído, y lo ha repetido no sé cuantas veces, pero yo no me cansaba de oírlo.
Cuando todos duermen, escribo con mi pequeño lapicero sobre hojas sueltas que Ana deja a medio pintar. A estas alturas aún no me he hecho en serio la pregunta:
-¿Qué me falta para ser feliz?- pienso en silencio.
- Quizás, poder escribir este relato.
No volví a acordarme del asunto hasta bien entrada la madrugada del lunes. Para coger el sueño intenté retomar el tema. Sólo conseguí despabilarme del todo. Nervioso ante lo infructuoso del intento, me volví hacia mi compañera y junto a su cálido cuerpo, ahora sí, me dormí.
De vuelta al trabajo, comenté con los compañeros la ideas que me rondaban por la cabeza. Casi improvisadamente, comencé a entrevistarles.
-¿Qué te falta para ser feliz?- Les espetaba.
Ante pregunta tan íntima, algunos tardaron en reaccionar. Las respuestas no diferían mucho de las que yo había ido rehusando varios días: la salud, la familia, la estabilidad en el trabajo, encontrar el amor... No me había dado cuenta, pero hacía tiempo que no hablaba así con ellos. Sentí el rubor y el no sé qué decir de otros. Acercarme a ellos me dio ánimos para acabar la jornada y lo di por bien empleado.
De vuelta a casa, mi hijita con su incontrolable actividad no me dejó un respiro para siquiera dar una cabezadita: dimos de comer a los gusanos de seda, modelamos plastilina, nos perseguimos por el jardín,…se ha acostumbrado a llamarme “papito”, no sé donde lo habrá oído, y lo ha repetido no sé cuantas veces, pero yo no me cansaba de oírlo.
Cuando todos duermen, escribo con mi pequeño lapicero sobre hojas sueltas que Ana deja a medio pintar. A estas alturas aún no me he hecho en serio la pregunta:
-¿Qué me falta para ser feliz?- pienso en silencio.
- Quizás, poder escribir este relato.
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