miércoles, 15 de septiembre de 2010

Sol y Luna de verano.

La tarde agosteña ha dejado desierta la calle. El sol reina sin piedad, apoderándose por completo de ella. La gente evita salir y se cobija en el fresco artificial de sus hogares.
Con el ocaso del rey, la calle despierta, revive de nuevo. Lentamente se desperezan los cuerpos, se estiran las piernas y se abren las puertas.
En el pueblo, no parece que haya niños. La calle no salta de alegría, de risas y de juegos. Más parecen los hogares reductos de fantasía enlatada.., maquinistas que juegan solas, pantallas que muestran el mundo a golpe de ratón, tontas cajas que no se cansan de estar todo el día encendidas.
Los niños que éramos en aquellos veranos que se fueron, no le temían al sol ni al calor del empedrado. Ir a la fuente por agua suponía hasta un refrescante ejercicio. Además, cuando aprieta la "caló", hay menos gente que ya en la caída de la tarde.

El niño que subía calle arriba con un cántaro a por agua sabía que no podría irse a jugar hasta que no acarreara, al menos, tres de aquellos vasijas.
En la fuente hay una algarabía de risas, porque Antonia, la más presumida de las vecinas, se había despatarrado frente a la fuente. La chiquillería siempre derramaba parte del agua en el suelo y, en las piedras de la calle, era fácil resbalar. Reían todos porque Antonia no se levantaba del suelo. Una risa floja le impedía recomponerse. Tenía las faldas del vestido por encima de la cintura y sus orondas piernas lucían cual jamones tendidos al sol. Los niños no apartaban los ojos de aquella mujer, pues mostraba partes pudendas muslos arriba.
Llegado su turno, llenó su cántaro, lo tapó con cuidado y se lo echó al hombro. Tras cruzar la plaza, echó calle abajo. Ahora el maldito empedrado le jugó una mala pasada a él, pues pisó mal. No consiguió mantener el equilibrio del cántaro, rompiéndose
éste en mil pedazos. Con el asa en la mano se lamentaba amargamente, pero no alcanzó a llorar, sólo hacía unos pucheros entre los hipidos, mientras el agua derramada se perdía por entre las piedras de la calle.
-Mamá, se m'a quebráo el cántaro - consiguió articular entre sollozos.
-¿Qué t'as jecho, hijo mío?

-Ná, mami, pero ya no tenemos el cántaro de la agüela.
-Da lo mismo, ya compraremos otro -intentaba consolarlo así, pero su cara no podía disimular su escaso convencimiento.
Poco después volvía a subir la calle, pero ahora casi arrastraba dos cubos de zinc en cada mano. Ahora no se romperían, pero se mojaría los pies con los vaivenes del agua.

Como una banda sonora perenne, los discos dedicados del programa de radio, resonaban cada tarde en las blancas fachadas de la calle. Ésta canción no faltaba nunca..."A la niña más bonita, de su tita que tanto la quiere"



Todavía hace mucho calor en el agosto del pueblo. Unos cuantos jóvenes arrastran los pies sobre sus chanclas de goma. Van a la piscina municipal y llevan sobre sus espaldas desnudas sus toallas, que también arrastran casi por el suelo. Otra tarde más tontearán con las amiguitas, se beberán su enésima cola y masticarán el mismo sabor de chicle.
Hablan poco, masticando palabras y chicle, y se lamentan de tener padres tan aburridos como ellos, que no son capaces de soltar su enganche a la tele o a internet y acercarlos al concierto "megachulo", que cien kilómetros más allá, da el grupo musical que ahora les mola.

El sol ya subía por la fachada de enfrente. De la cocina asciende un aroma a café recién hecho. El pastor y su hijo, que aprende ejerciendo de zagal, preparan el zurrón: Un pan grande, queso, una morcilla y carne de membrillo envuelta en papel de estraza. No ponen fruta alguna, pues en el campo encontrarán higos en su natural despensa.De los hombros colgarán también sus cantimploras, la honda la sujetarán al zurrón y el palo nudoso de acebuche les servirá de apoyo y de defensa en la oscura y siempre difusa noche.
Cuando bajan la calle, el pastor y su hijo, hablan con los vecinos y se despiden hasta la mañana siguiente. La noche con su luna les espera y las ovejas en el redil les aguardan para pastar. Todo el día acarradas bajo la insignificante sombra de algún árbol, las tiene paralizadas, muy juntas, dándose consuelo y ánimos para soportar esa vida tan animal.
Cuando el pastor les da largas, las ovinas ven el cielo abierto; corren en pelotón tras la "pajarilla" hacia su ansiado pasto.
El zagal aguanta el tipo arreando a las que se pegan a dar un bocado, su padre dis
fruta viéndolo hacer. Está orgulloso de que su hijo herede su pasión ganadera, aunque también lo está del otro hijo que se quedó en casa dando clases a otros estudiantes. Ése, quizás sea maestro un día.
Cae la noche en el pastizal y el ganado no deja de dar bocados sin parar...los past
ores vigilan atentos, mientras una luna oronda como un queso se asoma por entre los cerros.Se acallan las cencerras y el zagal se acurruca con la "chapona" del padre. Se ha dormido al resguardo del olivo solitario que domina el rastroj
al. El pastor deja una cantimplora junto al cuerpo del hijo y acude en pos del rebaño que se ha levantado de nuevo.
Un golpeteo de lata sobre las piedras y el suelo avisa de que se ha despertado el niño y que, siguiendo el sonido de las cencerras, se vuelve a incorporar con su padre.
El sol despunta y con su compaña los pastores regresan al redil. Satisfechas las ovejas de su hartura, rumiarán el alimento al resguardo de las otras.

Subiendo la calle, en las primeras casas, quizás se oyera esta canción... La niña de rizos negros que barre la calle, absorta en su letra, daría un respingo al notar ser sorprendida por los pastores.


12 comentarios:

zel dijo...

Del ayer al hoy, del pasado a cualquier momento de hoy mismo...que pasa, Mateo, trabajas o aun puedes soñar...???


Yo ando mas de culo, ya sabes que SantPatrás.

Besos!

Steki dijo...

La verdad, Mateo, es que entre la bella canción y tu bello escrito es como imaginarse cada una de las escenas que hay en él. Me voy como flotando en el aire.
Te dejo un beso grande!
STEKIL

Amelie dijo...

Me ha gustado mucho este relato, me has hecho vivirlo. Yo, que soy de ciudad, envidio muchas veces la vida tranquila de los pueblos.

Un beso.

malena ezcurra dijo...

Quisiera vivir lejos del mundanal ruido, atrapar cielos, palabras y sonidos, como vos.


Mil besos compañero.


M.

Camy dijo...

Mateo, tus entradas me transportan a un mundo mágico, desconocido para mí pero que adivino libre e intenso. Durante años veraneé en un pueblo del interior, y mi hija disfrutó enormemente y eso que al principio no sabía ni tan sólo andar por las calles sin asfalto, caía y esperaba ayuda a levantarse, al cabo del tiempo (fuímos más de nueve años). sus manos estaban ásperas de jugar con agua y barro, de recorrer eras y corrales, sus rodillas cubiertas de costras por las caidas de la bicicleta, pero sobretodo fue feliz. Recuerda siempre esa época que, a mí, confieso, se me hizo un poco pesada. Soy más urbana.
La sociedad, los gustos, han cambiado o los han cambiado y la gente se ha dejado llevar...siempre mejor la calle que la televisión estúpida...
El recuerdo del pastor y su hijo lleno de poesía.
Buen fin de semana. Un beso

Alimontero dijo...

Hola Mateo, me hiciste recordar pueblos de tu país cuando anduve hace un año atrás y vi a pequeños llevar agua en un tiesto...;-)
Era por un lugar cerca de Castellón....;-)

Tienes una singular forma de contar y entretener con tus historias...
las he disfrutado!

Besos

Ali

Patricia dijo...

Me dio pena el ninyo que rompio el cantaro....me encanto el relato, eres un artista! me alegra tanto regresar a leerte en este mundo bloguero, te invito a mi fiesta de retorno je je
besos,

irene dijo...

En algunos momentos me parecía estar viviendo mi infancia y parte de mi juventud, cuando mis visitas al pueblo eran muy frecuentes. Casualmente hace unos días lo visité buscando recuerdos, hice fotos de la fuente vieja, de la fuente nueva, del lavadero, bajé por un sendero empedrado con huertos a ambos lados, "robé" un higo que se me cruzó en el camino y recordé muchas cosas de mi infancia, fue bonito.
Me entristece pensar que muchas cosas han cambiado, pero, ¡qué le vamos a hacer!, es el progreso.
También las canciones me han traído bellos recuerdos.
Un abrazo, Mateo.

María dijo...

La vida en el campo es tranquila, llena de paz y mágica, totalmente distinta a la de las ciudades, envuelta en ruidos molestos y de personas con estrés.

Un beso.

Goathemala dijo...

Como bien sabes muchos de estos recuerdos van parejos a los míos. Recuerdo haber ido a por agua al pozo fecundo que tenía mi abuelo. En invierno recuerdo que le llevaba picón y él me daba a cambio higos secos.

Gracias por detenerte en ese pequeño mundo, en esos recuerdos y traérmelos servidos en bandeja de plata.

Un abrazo.

Hipatia dijo...

Estos pasajes que traes son como órganos vitales, o como las piezas del puzle de la vida, que no pueden estar ausentes bajo ningún concepto. Son también pequeñas delicias, necesarias para sobrevivir.
Gracias Mateo, me ha encantado.
Abrazote desde la Enter.

RECOMENZAR dijo...

Sorprendente Tus palabras escritor donde narras los momentos de otros momentos salidos de vos con alma de enueño Te leo y disfruto verte crecer ante el teclado de tus letras
Besos compartidos desde tu blog al mio